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Mostrando entradas de septiembre, 2016

George R. R. Martin: Juego de tronos: Campanas

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Lo único que tenían en común todos los rumores era que el rey... había muerto. Las campanas de las siete torres... habían repicado todo un día y toda una noche; el retumbar de su dolor recorrió la ciudad como una marea de bronce. 

     (Juego de tronos)

Ildefonso Falcones: La mano de Fátima: El baile de la madre

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El muchacho quiere mucho a su madre y no puede estar apenas con ella porque es fruto de una violación y el padrastro no lo acepta, lo maltrata a menudo y no le tolera que esté en la casa delante de él. Cuando se produce la revuelta y los moriscos se hacen fuertes y se sienten libres, la madre baila y se agitan sus pechos demasiado, lo que en el muchacho produce un agudo sentimiento de vergüenza que ya no olvida cada vez que vuelve a estar con quien le dio la vida. En su mundo aún de niño ha entrado una imagen indigerible, inquietante y dañina, se ha roto la otra idealizada que cada hijo atesora de la madre buena. Falcones, que no tiene otros fuertes en su prosa y en su literatura, sí es capaz de crear imágenes poderosas, emblemáticas, cortantes -como cuando los moriscos destruyen una iglesia- y ríspidas que elevan el nivel de su obra. 
    (Cuadro de Gabriel Puig Roda: La expulsión de los moriscos)

Herminia Luque: Amar tanta belleza

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Ildefonso Falcones: La mano de Fátima: Sangre en la ropa

La madre, que fue violada por un sacerdote, mata a un cura ensañándose, clavándole el cuchillo una y otra vez sin parar incluso cuando el hombre ya está muerto. El hijo lo ve desde lejos, estremecido. El gran detalle que aporta Falcones -aunque ver cómo una madre mata no es nada usual- viene después, cuando narra que la mujer no se cambia de ropa y hace sus tareas con las vestimentas llenas de la sangre del asesinado, como si fuera algo natural que impregna los tejidos. Vuelve a crear otra imagen definitiva el escritor barcelonés, que es más que un autor de best sellers.

Ildefonso Falcones: La mano de Fátima: Solo es un niño

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Se sorprende el protagonista al ver la sonrisa de un niño después de un atroz sufrimiento, no comprende cómo puede sonreír. Y se dice que es solo un niño, que al fin y al cabo es solo un niño y sigue siéndolo pese a los momentos de dolor, de humillación, de pena. De esta manera, Falcones mueve al lector a la empatía con mucho acierto, poniendo a otro antes que al débil, a otro que va a mirar por nosotros -los lectores- y a no vertir con facilidad vergonzosa la lástima. Las guerras no son para los niños y en ellas los niños ríen porque aunque vayan a morir son niños. No cabe decir más.